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A pesar de los cambios acaecidos en las
últimas décadas en el medio
rural, y que se pueden considerar como debilidades
(envejecimiento, despoblación, pérdida
de identidad cultural, emigración
de los/as jóvenes más cualificados/as,
dificultad de acceso a servicios educativos,
sanitarios y de ocio, etc.), existen otros
que se pueden interpretar como indicios
de cambio hacia un nuevo modelo de desarrollo
rural y considerarse, por tanto, como potencialidades
(creciente incorporación de las mujeres
al trabajo, mayor y mejor formación
y cualificación de los/as jóvenes,
sectores económicos que despuntan
de cara a un futuro inmediato, etc).
Son, por tanto, estos aspectos los que se
han resaltado en el presente análisis,
teniendo en cuenta el importante papel social
de agentes dinamizadores que mujeres y jóvenes
han de desempeñar en el desarrollo
de sus comarcas.
En este sentido, cualquier Plan de desarrollo
que se implemente para elevar los niveles
de renta, empleo y calidad de vida, en definitiva,
ha de partir de la población destinataria
del mismo y contar con la cooperación
de todos los agentes sociales e institucionales
implicados: mujeres, hombres y juventud.
No se trata sólo de hacer frente
a una cuestión ética o de
justicia social, sino de rentabilizar y
optimizar el recurso más importante
de cara al desarrollo: el factor humano.
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